Alejandra Pizarnik, por Ana María Fagundo

Entre 1969 y 1971 mantuvimos Alejandra y yo correspondencia e intercambiamos poemarios. Fue así que me llegaron dedicados por la —para mí fascinante y enigmática— poeta sus libros, Árbol de Diana, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura e El infierno musical. A través de ese desnudo y poderoso decir llegaba hasta mi casa de California la voz auténtica y dolorida de una mujer poeta que sentía la agonía del estar siendo con una urgencia casi infernal. Esta mujer estaba peligrosamente —lo sentí entonces— al borde del abismo y sin posibilidades de dar marcha atrás porque esa fascinación con la muerte era parte esencial de su estar en el aquí y ahora. Intuí que resistiría mientras la palabra poética acudiera a la cita, mientras la palabra poética se enmarcara dentro de un orden y anulara al caos del «no ser». A través de  la poesía,  Alejandra penetraba en las regiones más ocultas y subyugantes —y a la par más peligrosas—de su yo:

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra

 

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Archivado bajo Biografías, Lectura complementaria, Tercer año

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