Nota del blog “Puto y aparte”, de Christian Rodriguez

A partir de hoy

Jul 15 2010

Igual de puto, pero mucho, muchísimo menos aparte.

Y ahora comparto con ustedes una nota que salió publicada en el número actual de GMaps. Ahora que se aprobó el matrimonio gay, tiene todavía más vigencia.

Después del champán y el carnaval carioca

¿Por qué es que aunque nunca tuve una pareja duradera y nunca se me ocurrió convivir (y mucho menos casarme) miré de punta a punta el debate en diputados por la ley de matrimonio gay? No sólo lo miré, sino que me atornillé al sofá y le grité mi bronca al televisor con Hotton, asentí con la cabeza y traté de calmarme con Rossi, y lloré a mares con Cuccovillo. Parecía el cliché de la publicidad del hincha de fútbol, barriendo todo el espectro emocional en cámara rápida. Muchos vivimos el debate como la final de un mundial.

A los 13 años tuve “sexo” con un amigo del barrio. Ninguno de los dos sabía cómo manejar el (precario) instrumental y menos a las apuradas, apoyados contra una parecita, en una esquina oscura. Lo que hicimos duró el intervalo entre dos pasadas sucesivas de un auto por la calle, el segundo de los cuales nos iluminó con las luces altas y nos tocó bocina. Salimos corriendo, tapándonos las partes pudendas como Adán y Eva expulsados del Edén. Lo que hicimos estaba más cerca de una mancha venenosa o de una pelea “a lo Titanes en el ring” que de lo que hasta el más pacato definiría hoy como “sexo”, pero igual hicimos un pacto de silencio. Ninguno de los otros pibes del barrio se tenía que enterar. Nunca. Pero mi “amigo” rompió el pacto, todos los pibes del barrio se enteraron y me quedé solo. Durante años me tiraron piedras y me gritaron “puto” cada vez que pasaba por la esquina.

Cuento esto, así, en primera persona, con ánimo documental. Todos los que tenemos más de 30 años tuvimos una historia así, con o sin piedrazos, a los 13 o a los 25. Muchos de nosotros llevamos esa marca de nacimiento, ese asumirse gay, que se pelea palmo a palmo con la homofobia, externa, pero también internalizada. Es por eso que escuchar que se habla de nosotros en diputados y que se nos nombra con un cuidado casi excesivo (¿gay? ¿homosexual? ¿pareja del mismo sexo? ¿homoparental?) se percibe, no sólo intelectualmente, sino visceralmente: súbita salida a la superficie después de contener tanto tiempo el aire, alivio, cicatrización.

Tanto han “cambiado los tiempos”, tanto ha retrocedido la posición (¿procesión?) de los retrógrados frente al avance del sentido común, que los opositores al matrimonio gay no pueden ya recurrir a lo que dice la Biblia, ni a lo que dice la ciencia, ni a lo que dice la Constitución. Sólo se escudan en la defensa de los niños y pretenden frenar “el experimento” que supondría la adopción de chicos por dos padres o dos madres. Los que hicieron flamear esta bandera, aunque pertenecen a la derecha religiosa, lo hicieron zigzagueando en un campo minado: es imposible decir la palabra niños e iglesia en la misma oración sin recordar que cada vez que se mira abajo de una baldosa salen docenas de curas católicos, pederastas seriales, huyendo en todas direcciones. Es por eso que la iglesia decidió operar entre bambalinas o a través de personajes como la diputada Cynthia Hotton (que no es católica sino evangélica, pero al fin y al cabo aliada ideológica).

Hay una profunda ironía en este debate: darles el derecho al matrimonio a las personas gays es una medida conservadora. O para decirlo a los ponchazos: es más de derecha que de izquierda. No se trata de instituir orgías públicas obligatorias en las plazas los primeros sábados de cada mes, sino de “disciplinar” una “minoría díscola” incluyéndola en el marco de una institución tradicional. “He peleado toda mi vida por el derecho a ser aburrido”, sintetizó el diputado gay norteamericano Barney Frank. Para muestra un botón: uno de los improvisados “abanderados” por el matrimonio gay es Pepe Cibrián Campoy, alguien que está en las antípodas de la rebeldía queer rupturista. Si Hotton y Negre de Alonso dejaran de lado su fanatismo religioso y adhirieran de verdad a un conservadurismo laico, deberían salir a festejar este avance junto con la FAGLBT (pero en cambio soportaron con cara de póker la contundente diatriba de Cibrián en la mesa de Mirtha, que a los gritos de “¿Pepe o calle?” les pedía que lo dejen adoptar un chico de calle).

Atención, clase. Breve historia de la institución matrimonial en Occidente. El matrimonio fue inicialmente un título de propiedad del hombre sobre la mujer, para asegurar la herencia a los hijos de sangre. El matrimonio fue modificándose históricamente para incorporar la igualdad de género, la adopción, el divorcio, la propiedad compartida, etc. Cuando Hotton y compañía protestan porque los homosexuales pretendemos “redefinir” el matrimonio están ladrándole al árbol equivocado. Son los heterosexuales los que han redefinido el matrimonio durante siglos. Ellos son los que eliminaron las ejecuciones de las mujeres adúlteras, los que eliminaron la dote, los que incorporaron la patria potestad compartida, etc. Son los heterosexuales los que convirtieron al matrimonio en una institución inclusiva y elástica, con muy pocos “requisitos de entrada” (sólo hace falta ser adultos y estar en pleno uso de facultades mentales, que permitan prestar consentimiento). Y es de acuerdo a esta redefinición que ya no tiene más sentido excluir a las personas gays.

Hay otra ironía que se suma a la anterior. Las personas gays piden acceder a una institución que está siendo cuestionada por muchos heterosexuales. Me pregunto: ¿Quién ataca con más vehemencia el matrimonio? ¿La pareja de lesbianas ancianas que se casaron hace unas semanas o el hombre heterosexual que va por el cuarto divorcio?

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿Qué representa el matrimonio gay para muchos de nosotros, los que no tenemos intenciones de casarnos? Representa el último bastión de la desigualdad. Queremos ser iguales. Quizás casados podamos ser felices. O quizás no. Porque esto también hay que decirlo otra vez, antes que se nos suba el champán y el carnaval carioca a la cabeza. El matrimonio no es garantía de felicidad. Es, con demasiada frecuencia, lo contrario: un gigantesco error. En el mejor de los casos, no es la solución de todos los problemas, sino la aparición de un nuevo conjunto de problemas.

Si desaparece esta desigualdad quizás podamos convertir a la homofobia en un exabrupto, en vez de en una práctica cotidiana. Slogan: Saquemos de circulación la moneda corriente de la homofobia y releguémosla a la estantería del numismático. Como personas gays ya gastamos demasiado tiempo peleando por cosas demasiado básicas: que no nos metan en cana, que no nos echen de casa o del trabajo, que no nos dejen morir (el SIDA en los 90), que nos dejen casarnos. Estamos cansados, y un poco aburridos, de pelear. Ahora queremos animarnos a preguntar qué es lo que podríamos ser en un mundo sin homofobia.

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