La vida según Oscar Wilde

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Pocas vidas —y pocos finales— son tan novelescos como el de Oscar Wilde.

Nacido en Dublín en tiempos de rigidez victoriana, en 1854, supo representar su papel de artista aun en los momentos más trágicos. Practicó el arte de la conversación, a la manera de los griegos. Aprendió que Grecia no es una época en la historia sino una idea y se dedicó a deleitar con un clavel verde en la solapa de su levita y con poesías. La historia de la literatura no sabe de otros autores de su encanto, de su magia verbal y espontánea. Esteta y dandi, amante de todos los excesos, hizo de su vida una auténtica obra de arte. Vida y obra son inseparables para él: sus epigramas y sus chaquetas de terciopelo fascinan tanto como sus piezas teatrales de salón, sus cuentos infantiles y su única novela, El retrato de Dorian Gray (1890). La cárcel y la ignominia lo acechaban tras la esquina, mientras pasaba más y más tiempo en compañía de muchachos de baja reputación.“He puesto —confesó Wilde tras su condena— todo el genio en mi vida, y sólo el talento en mi obra”. Quizá por ello mismo sus más bellos poemas y cuentos parecen ser aquellos que nunca escribió, aquellos que prefirió confiar con voz impostada y sugerente a auditorios reducidos.

En La decadencia de la mentira (1889), Wilde sentencia: “La vida, la mísera vida, verosímil y sin interés, reproduce las maravillas del arte”.

La rara virtud que Borges atribuye a todas las ficciones del irlandés es aplicable a aquel provocador ensayo como a ninguna otra de sus brillantes creaciones. “Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde —escribe Borges—, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”.

Acaso Oscar Wilde se halla obligado a ajustarse a su propia sentencia cuando renuncia a escapar, del modo que todos deseaban. Tras su condena, no había ningún interés en hacerla efectiva. La justicia ya estaba satisfecha.Le dejan la noche, confiando en que huirá a Francia. Wilde no quiere aprovechar esa ventaja y es arrestado a la mañana siguiente. Tras la gloria y los excesos, sólo le queda conocer el otro lado del jardín, tal como le explica a su amigo André Gide. El único final posible para una buena novela es siempre el más trágico.
Queensberry prueba el delito que acusaban sus palabras: gross indecency, indecencia grave; y es absuelto. Para ser tal, todadifamación exige una falsa imputación. Los roles se invierten y esWilde ahora el demandado. Comienzan dos largos procesos que conducirán a Oscar a los anhelados secretos que le reservaba la otra mitad del jardín. “Mató ese hombre lo que amaba y su destino era morir”, grita La Balada de la cárcel de Reading (1898), escrita en los años de prisión que seguirían.Los sucesos se precipitaron cuando el Marqués de Queensberry, padre de Lord Alfred Douglas, su amante, le deja en el Club Abermale una tarjeta que dice: “A Oscar Wilde, que alardea desondomita”. La atroz falta de ortografía persiste imborrable en esta historia, como una burla más. Cansado de la persecución del Marqués, Wilde le entabla una querella.

Durante los procesos, se leen largos pasajes de sus escritos. Varios pasos por delante de su tiempo, Oscar Wilde ya había desarrollado la teoría del arte que hoy nadie se atreve a cuestionar: no existe tal cosa como un libro moral o inmoral. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo. Revelar el arte y ocultar al artista, tal es el objetivo del arte.

Sabía que del Arte son los grandes arquetipos, en comparación con los cuales las cosas existentes no son sino copias inconclusas.

Borges siempre admiró a Oscar Wilde, y reiterados son los homenajes que le rindió. La traducción de El príncipe feliz, con sólo nueve años, basta para atestiguarlo. Pero acaso su homenaje preferido sea uno apenas más secreto y personal, contenido en su cuento Tema del Traidor y del Héroe.

Curiosamente, la acción transcurre en Irlanda. Las circunstancias del crimen de Fergus Kilpatrick, héroe asesinado en la víspera de la rebelión victoriosa que había premeditado, son enigmáticas. Ryan, su bisnieto, se avoca a estudiarlas. Descubre que ciertas palabras de un mendigo que conversó con Kilpatrick el día de su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare.

Kilpatrick es señalado como conspirador en el cónclave que él mismo preside. Implora que su castigo no perjudique a la patria. Se decide que el traidor debe morir a manos de un asesino desconocido, en circunstancias tan dramáticas que preparasen la rebelión. Urgidos por el tiempo, no saben inventar los pormenores de la ejecución y plagian a Shakespeare, repitiendo escenas de Macbeth y de Julio César. La representación pública y secreta dura varios días, el teatro es la ciudad entera. Ryan descubre, pasmado, algo inconcebible: la historia había copiado a la literatura.

“La Vida imita al Arte y es, por decirlo así, el espejo, en tanto que el Arte es la realidad”, había enseñado Oscar Wilde.

Pero Ryan y Kilpatrick son personajes de una ficción que repiten los detalles de otra, mucho más antigua. Los límites entre Arte y Vida se desvanecen en un laberinto sutil. El delicado juego de espejos y velos ya no es tan fácil de reconocer. Acaso nunca sea fácil de reconocer.

Miramos hoy al cielo y sabemos de lunas de plata y de soles fluctuantes, que al alba sigue otra alba y envejecen las noches porque el poeta así nos lo ha contado. El gran artista inventa y la Vida —y la Naturaleza— trata de copiarlo.

Luis Antonio de Villena describe la vida de Oscar Wilde al salir de la prisión como el lento y artístico camino de un suicidio. Muere en la pobreza añorada, convertido en uno de sus propios personajes, prefiriendo siempre lo más trágico.

 

 

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