Visibles, legales y socialmente valorados y valoradas (Por Alba Rueda.)

Crecí en un país donde ser travesti era un delito. En todas las jurisdicciones los códigos contravencionales y edictos policiales tipificaban al travestismo como una infracción: una amenaza.

Muchas de nuestras familias nos expulsaron a la calle: nos consideraban provocadoras, delincuentes o enfermas. En las escuelas, nuestros compañeros nos insultaban. Tampoco los maestros o directores legitimaron nuestra presencia y nuestras identidades trans.

Por el peso de la discriminación y la transfobia, muchas y muchos tuvieron que abandonar sus estudios. En los hospitales nos trataban mal, nos rechazaban de manera sistemática: no podíamos acceder a tratamientos básicos para nuestra salud y no se reconocía nuestra identidad de género.

A las personas trans la vida social nos enseñó violencia y discriminación. La policía nos perseguía y nos encerraba en calabozos de comisarías y en penales. El trabajo nos era vedado; la prostitución parecía un destino irreversible.

Esa fue la experiencia de miles de personas trans que sobrevivieron a la represión de la dictadura y esperaron, en un país que recuperaba la democracia, que la nueva institucionalidad también las incluyera. Pero pasaron los años ’80 y los ’90 y no vivíamos significativamente diferente a como vivíamos en la dictadura. Pero en esos años se gestó la resistencia, la solidaridad y el compromiso de las organizaciones de personas trans y de diversidades sexuales, las mujeres feministas, los organismos de derechos humanos. Miles de personas nos movilizamos por una Argentina que nos incluyera como sujetos de derecho.

A partir del año 2006, la nueva Corte Suprema de Justicia reconoció por primera vez el legítimo derecho a la Constitución de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (Alitt) y desde entonces los artículos de los Códigos Contravencionales que criminalizaban las identidades trans debieron ser removidos por el reclamo social.

Ahora, en nuestra historia se inscribe la Ley de Identidad de Género sancionada el 9 de mayo de 2012, hace poco más de un año. El contenido de la norma resguarda el acceso a la salud y la ecuanimidad en un trato respetuoso, y reconoce la identidad de género como un derecho humano que hace a la autonomía y la dignidad de las personas.

En la Argentina muchas personas trans empezamos a sonreír. Nuestra Ley de Identidad es única en la región: no existen otras que valoren tan profundamente nuestros derechos. Las leyes de Uruguay y España reconocen la identidad como un derecho que tutela el Estado, debe ser comprobado por testigos y sostenido por tratamientos de hormonización, y evaluado por un tribunal administrativo en cada solicitud de cambio de nombre.

Vale destacar que, bajo la nueva ley, ya se realizaron 2.672 cambios de nombre y de sexo, según informó el Ministerio del Interior. Otro avance contemporáneo fue que en junio de 2012 el Indec lanzó la prueba piloto de la Encuesta Nacional sobre Población Trans, que permitirá conocer las condiciones de vida y discriminación que denunciamos durante años. Finalmente, hace una semana el Ministerio de Trabajo amplió el Seguro de Empleo y Formación para todas las compañeras y compañeros trans que precisen de él.

Los desafíos son muchos e importantes: el Ministerio de Salud debe aún reglamentar el artículo 11 de la Ley de Identidad de Género para garantizar el acceso a la salud integral; falta también que se generen las condiciones que permitan cruzar la barrera de la exclusión laboral con políticas públicas que hagan efectivo el acceso al trabajo; las instituciones educativas deben garantizar un trato digno para hacer efectivo el derecho universal a la educación.

La igualdad en los derechos civiles democratiza nuestras instituciones y da fuerza a la lucha por los cambios culturales para que todos y todas seamos visibles, legales, elegibles y socialmente valorados y valoradas.

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