China (algunos poemas en prosa propios)

Shanghai

En mi barrio de Shanghai ha vuelto con el día rojo y cardo un mal fantasma. Lo han visto en los detalles de los sueños, cicatrices de piel que no germinan. Una mujer dijeron los que cuidan las terrazas y hacen el amor con la locura. Una pena que no crece ha dicho Zhang, el estudiante de algodones mojados en el alma. La que vuelve es mi madre ha gritado en silencio una hija recordada de violín, con las piernas engarzadas a un esposo, con un niño que no quiere pero lleva.
¿Cómo es esto de dejarme en tierra fría o esconder mis ojos grises en el fuego? Tengo que cuidarte amor mío, pedacito entraña dulce. Cuidar de los tuyos aunque enciendas el dinero de los templos, las bisagras enroladas en aceite, esos marcos con la sal y el crucifijo, nada espanta mi calor crucial intenso, de este lado o de los otros, tan con vos.
Han visto en el espejo a la muertita. Un resto diurno, solano y denso golpeó el candil apagándolo. Una madre nunca muere dice el viento y por eso esconde joyas y palabras en la vida que no quiere irse. Se instala en la casa, abre los días que han pasado y los extiende en la mesa de los nietos, multiplica las cruces y las culpas, se habla bajo para que ella cuide en su vientre exagerado, invulnerable, el buen hogar.
La historia siempre es la misma con distintos nombres y diversos rostros donde cruza el tiempo. Ha sucedido hace siglos en aquel pueblo blanco de Miguel, en la oscura mansedumbre de las tumbas, lluvia en la tarde alpaca de su pozo, donde la flor enmienda la sangre que no corre. Engendra pero no perdona.

Gao Tang

Las macetas recién pintadas, esos dos jovencitos casi amantes, los pies en el asfalto y lana antigua, y Gao Tang que se levanta de su siesta.
Violín rojo, el viajero está cansado, mucho más que una emoción esa fatiga transpirada, esa carrera que distingue lo que siempre quiso ser de lo que grulla solo en cales, la pretérita nube de su gente.
La diosa lo ha lanzado a un riesgo abierto, tomó su marcha cuando tuvo dieciseis.
Trabaja en las cocinas, deja el cansancio en los alambres y unta choclos en la salsa de raices que le hubo enseñado atrás su abuelo, el de los rezos a tres horas de la noche y las frutas del altar.
Su tierra es la música, morrales bendecidos al canasto, el aire solo, ese olor que cuece y dora al fuego, familia de campo y de palabras, esas viditas que adivinan en la voz lo que ellas pueden.
Las ciudades van quedando atrás del día, pedalea Gao versiones de Guan Yin.
Las criaturas de ideogramas ya sin trazos, lo que sienten, sufren, ríen.
El cocinero deja un caldo en esta mesa.
El calor. Siente la paz de este calor.
Escucha.

Del suicidio

El agua oxigenada y las pastillas, hace dos semanas hubo un pozo, ayer navaja, el agua tibia entrando por los tajos, el balcón de vidrios rotos, soga hasta el techo, su bala propia, tu veneno detrás del botiquín, mi subte adicto. Ella por el hijo que llegaba, a todas la obligaban a un aborto, y fue con golpes, a vos se te acabó el estudio y te vamos a mandar a hacer baldosas, vas a saber lo que es perderse, vos a milicia y te callás, y acaso infierno y siempre viernes porque no acepta, porque no supo, porque no quiero. El 56% de las mujeres que se suicidan en el mundo son chinas. En este país 280.000 personas se quitan la vida cada año. 150.000 son mujeres. Es la primera causa de muerte entre las jóvenes de 15 a 34 años que viven en zonas rurales. Es que matarse no se conjuga como morir.

Del amor

Me escapé de mi casa para encontrarla en la Square del Jardín Rojo. Ella viene de su tarde de sal, de gracia mojada por los Budas y yo de mi imperio de trabajos, esa granja que me nombra sin domingo. Un viento vibraba la canción antes de mirarla fijamente. Estamos de pie como la guardia. Nos emocionamos al reconocernos, con la cálida obviedad que tienen las mujeres de jugar en el espacio con sus ojos. Al tocarme, señala que hoy existo bajo el suéter, pone piel en el llanto de la piel. Pruebo con mi boca su lengua tan viva en mi silencio, diferente al de un soldado cuando marcha, es un instante quieto que permanece ardido, en el amor que nos prohíben y nos damos. La fatiga del cuerpo cauteloso tiembla en China, bajo el sol que sufre en mí, en esta plaza.

(Dos chicas fueron obligadas a hacer trabajo voluntario para su comunidad durante un mes por haberse besado en público en una localidad pequeña de China, además de haber sido obligadas a asistir a un psicólgo y ser separadas entre sí en los cursos de la universidad. La noticia carece de fuente oficial, pero viaja por las calles de mi barrio, de boca en boca.)

 

Anuncios

2 comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s