jos sobre tofus

Salió del fuego y la hundieron en el agua. Todo chilló alrededor de ella con una boca blanca, y en ese instante conoció el calor que se va y el frío que se queda. Le abrieron el ojo con un punzón más delgado que ella misma. Por ese ojo, desde entonces, entra el mundo.

En el cartón azul, el sol de la tarde le daba una hora por día y ella lo sostenía a lo largo, enhebrado. Las diez hermanas se fueron perdiendo con la facilidad con que desaparece lo que brilla: una en la garganta de un gato, una sincronía de indiferencias que solo agradecieron los maullidos; otra en la alfombra de un pasillo, donde tu pie descalzo la encontrará. Y sangrará. A ella la tomó una mano que olía a café y a jabón blanco, la clavó en un cuadrado de fieltro verde y la encerró en un cuenco de galletitas con montañas en la tapa.

La lata era una noche de metal que respiraba con la casa. Cuando había tormenta, la aguja sentía un dolor fino de la punta al ojo. Dormían con ella los botones huérfanos: uno de nácar con una grieta que atravesaba su luna, uno de uniforme con el ancla del sueño de un marinero que perdió la gracia del mar.

Mi padre era marinero. Ningún varón supo cuidar sus manos como él: los dedos dibujados de nuevo contra el agua, la toalla que solo había nacido para servir a mi padre, el palito de naranjo llevando las cutículas hacia abajo hasta que la media luna quedaba a la vista. Con esas manos curaba caballos, niños y soldados, pelotas atropelladas, insectos que nadie veía agonizar y abría la tierra mojada para el misterio de la huerta. Se perdió mi padre en la aguja de un traje que mi madre supo distraer en un baile:

Mi madre supo detener océanos con un dedal de aluminio, abollado del lado del pulgar, con el hueco exacto de un dedo que todo lo hacía y deshacía según los abecedarios que enseñaba. Y un grano de arroz, uno solo, caído ahí una tarde, que con los años se fue poniendo amarillo, después gris, después del color exacto que tienen los reveses de las sombras cuando son chiquitas.

La aguja recordaba el dobladillo del guardapolvo la noche antes de primer grado. Del otro lado de la tela, cuando mi madre se distraía, la yema. Detrás siempre había un cuerpo, tibio, que pasaba a través como la luz por una ventana, sin quedarse.

Un vestido de comunión con una gota de sangre en el forro, del tamaño de una lenteja, que llevé sobre el corazón durante toda la misa. Y una madrugada de julio, un hombre acostado con la mandíbula atada con un pañuelo blanco y los ojos cerrados con dos monedas, y mi madre cosiéndole un botón en la camisa porque su voluntad era un velorio en la casa. El pañuelo recogía la luz y la devolvía como la nieve a la luna. Una mosca azul se posó en la moneda del ojo izquierdo y ella la espantó con el dorso de la mano sin dejar de coser. Tres veces por el ojal, tres por el botón, y en la cuarta la mano tembló y la punta entró en el pecho del hombre hasta la mitad. Ese hombre era mi abuelo: nunca nos habló. No hubo sal. No hubo ay. Entró en algo denso que la apretó en todos lados. Nadie vino. Nadie lo lloró. Cortó el hilo con los dientes, y cuando abrió la ventana para sacar las plegarias no dichas, el pañuelo se movió apenas sobre la mandíbula, como si eso que nunca sonrió fuera a decir algo.

Después vinieron los años de lata. Un día se cerró y no se abrió más. Cerrada, oía: las bolsas, una voz ¿la mía? diciendo "esto sí, esto no", un cuadro descolgado dejando en la pared un rectángulo más claro que la aguja sintió como se siente un diente que falta. Años en el fondo de un placard.

Hay un rollo pintado hace siglos donde los utensilios que cumplen cien años se levantan una noche con ojos y con dientes y salen de los armarios a buscar a quienes los tiraron sin una palabra, y en la lata la aguja ya sentía ese mandato en su único temido párpado.

Tal vez abrí la lata un domingo. La aguja sintió a través del fieltro una yema distinta, más fácil de abrir. La envolví en papel de seda y a través del papel vio, en rosa, la sombra de los dedos que la cerraban.

Viajó en un pasaporte, y abajo sintió pasar un océano entero, negro. Bajó a un febrero al revés, un aire que olía a carbón y a mandarina. Y una mañana el papel se abrió y vio, por primera vez en tantos años, el cielo: bajo, gris, tenso como una lona mojada.

Una carpa. Una mesa larga con un paño blanco. Sobre la mesa, tres bloques de tofu del tamaño de un narciso, y en cada uno, cientos de hermanas paradas de punta, brillando con la fiebre fina de la escarcha. Olor a soja, a ramen, a incienso. Un monje lee con una voz que es una línea, y alrededor de la línea el mundo se ordena. Un chico aprieta un alfiletero rojo contra el pecho. Se diría que sostiene un pájaro. Nadie coserá en todo el día. La punta toca el tofu. Y la aguja penetra.

Como se entra en un cuerpo, todo lo que la aguja atravesó se pone en fila: el agua que chilló, el sol enhebrado, la yema, la lenteja de sangre. Por el ojo entran los mil bordes de la lluvia sin sonido ni luz..

A la tarde, alguien en el templo levanta los bloques y los lleva a un rincón donde la tierra está abierta. Los envuelve en papel blanco. Los cubre. Ya en la tierra, la aguja empieza a ponerse del color de la sangre seca, a ceder, con el ojo abierto en la oscuridad, mirando hacia arriba, esperando ver quién baja.

Hari-kuyō (針供養). 8 de febrero.

Mónica M. Melo